miércoles, 8 de septiembre de 2010

LA BURBUJA TAURINA

Por Miguel Forcada Serrano (Cronista Oficial de Priego)

Si empiezo este artículo diciendo que el actual enfrentamiento entre taurinos y antitaurinos es un nuevo encontronazo entre Apolo y Dionisos, entre la razón y la emoción, muchos lectores pasarán página buscando noticias más estimulantes. Empezaré pues de otra forma.

Las fiestas de toros están en muy grave peligro de extinción. Dice mi hijo, que ya tiene más de veinte años, que la campaña que ha provocado la prohibición de los toros en Cataluña está muy bien armada y que puede cosechar sonoros éxitos en los próximos años en otros lugares de España. O sea, que no se trata de una gripe pasajera.

Aunque para muchos resulta evidente que la operación de Cataluña más que la protección de los animales ha tenido como verdadero objetivo el de actuar contra algo tan genuinamente español, no podemos desaprovechar la ocasión para plantearnos las causas de la crisis que envuelve a las corridas de toros y cuales son sus perspectivas de futuro.

De los tres tipos de toreo que al estudiar su origen distinguía Enrique Gil Calvo en su libro “Función de toros” (el rejoneo, la corrida a pie y el festejo popular del toro de cuerda y similares), sólo los dos primeros están en crisis. Si el motivo de la crisis fuera solo la aversión que algunos tienen a esta fiesta o las ideas animalistas, tal vez la situación no sería grave pues estas dos posiciones antitaurinas han existido siempre. En la época de la ilustración una gran parte de los intelectuales se manifestó en contra de las fiestas taurinas; de hecho en 1786 se prohibieron por decreto, con algunas excepciones, en todo el territorio nacional y en 1805, reinando Carlos IV volvieron a prohibirse incluyéndose esta vez en el veto los territorios españoles de ultramar.

Es cierto que estos decretos prohibicionistas nunca se cumplieron pero también es cierto que la argumentación antitaurina no surgía solo de los grandes intelectuales o de los ministros ilustrados sino que era compartida por alguna gente incluso en los pueblos más alejados de la corte. Digamos Priego de Córdoba, por ejemplo.

El síndico personero de la villa de Priego pidió en 1771 que no se diera permiso a una Hermandad que había pedido hacer corridas para continuar las obras de su ermita; los argumentos que aporta son de varios tipos, pero bastante contundentes; afirma que en cuanto se avecina una corrida, “todo el mundo abandona sus trabajos, nadie escucha su obligación, todo es bullanga, gasto, ruina y al final, miseria"; y también advierte, sin pruebas, sobre “lo dañoso que es a la causa pública el que la carne de toro, corrida y banderillada”, se pase después para el consumo.

También es cierto que si el pueblo hubiese ejecutado fielmente todas las ideas de los “ilustrados”, probablemente constaría en la historia del arte el derribo de todos los monumentos barrocos, iglesias y edificios civiles, pues los consideraban aberrantes, de mal gusto e indignos de mantenerse. Otra vez la razón contra la libertad de las emociones y del arte (Apolo contra Dionisos), como vuelve a ocurrir en nuestros días en tantos ámbitos de la sociedad y por lo tanto de la política

Pero, si la fiesta taurina superó la crisis de la ilustración ¿no ha de superar esta?. Hay veces que las cosas mueren más por inanición que por prohibición y en la actualidad, al movimiento abolicionista puede unirse la crisis interna que vive el toreo resultando finalmente esta, más mortífera que aquel.

Frente a festejos populares, que están en auge, como la suelta de vaquillas o el toro de cuerda, la corrida está en crisis porque en torno a ella se ha montado una burbuja que la ha convertido en un espectáculo “impopular”. Las entradas para una corrida y aun para una novillada tienen un precio abusivo que hace huir a mucha gente de este espectáculo; el presupuesto para montar una corrida es tan alto que solo empresarios muy respaldados y en plazas garantizadas pueden arriesgarse. La gente joven no va a los toros.

A esa situación, que se mantiene desde hace décadas, se ha unido en los últimos años una crisis económica que no va a dejar títere con cabeza y que por supuesto, agrava la crisis taurina. En la temporada anterior y en la actual los toreros no situados en los primeros puestos del escalafón se están viendo negros para situarse en algún cartel. Las plazas de toros se han convertido en un lugar para élites: la del escalafón y la del público que puede permitirse entrar en ellas. Si esto sigue así, el final no vendrá a través de prohibiciones sino a través de una extinción natural progresiva no decretada en ningún parlamento. Ya hemos oído a un alto cargo del gobierno: “No estamos a favor de prohibir ni de proteger las corridas”. Solo le faltó añadir: haremos lo posible para que se extingan solas.

Puesto que soy defensor de las fiestas de toros creo que hay que hacer algo, pronto y bien. Pero no solo ofuscarse con lo ocurrido en Cataluña, sino que los directamente implicados deben mirar hacia dentro, estudiar la “burbuja taurina” y adoptar medidas para que la fiesta del toro modifique su rumbo. Si no lo hacemos así, en pocas décadas podemos vernos obligados a ir a ver toros… en los zoológicos; y a llamar a los historiadores para que hagan la historia de un arte que se nos fue porque no supimos defenderlo y hacerlo asequible para todos.

1 comentario:

juanito dijo...

Sr. Cobo estoy plenamente de acuerdo con usted, si no se pone remedio desde dentro es decir desde los afectados, económico y de los afectados personales esto se va a la.....
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